Las primeras sombras de la tarde iban cayendo sobre la ciudad. Junto con las madrugadas, ese era uno de mis momentos favoritos del día. Las tardes por los tonos de naranja y azul que se combinan en el cielo mientras el sol se está ocultando; las madrugadas por ser de un silencio tan absoluto que permite escuchar los pensamientos y los latidos del corazón, aunque eso a veces no resulte ser muy conveniente. Bajé a la cocina y puse café recién molido en el filtro de la percoladora, la cual fue inundando con un aroma suave toda la casa. Era invierno, y aunque no era uno de esos días en los que la temperatura baja a menos de cero grados, afuera hacía frío. Ese es para mí uno de los encantos de la estación invernal: las tardes donde puedo ver desde mi ventana como el mundo se congela, mientras yo me quedo en casa vistiendo shorts y una camiseta y disfrutando de una temperatura ideal, acompañada de una bebida caliente. Bueno… definitivamente hay mejores compañías que un café en una tarde invernal, y formas mucho más interesantes de pasarla, pero por el momento, me tenía que conformar con eso.
El video que subí a manera de post fue bien recibido por mis amigos del blog. A todos los que comentaron les pareció buena idea que hubiera decidido compartir con ellos un poco de mi vida en un plano absolutamente real. Al leer los comentarios de la gente, mi preocupación inicial de que aquello pudiera haber resultado un error se disipó, me sentía cómoda dando la cara y en absoluto había pensado en comenzar a restringir la sinceridad de mis escritos. El post tenía ya algunos días en escena, así que supuse que era el momento de escribir algo nuevo y subirlo. Pulsé el botón de encendido de mi laptop, y mientras los programas se cargaban, me pregunté sobre qué escribiría aquel día. Generalmente no pasaba mucho tiempo antes de que la primera frase brincara de las teclas a la pantalla del ordenador: una reflexión, un par de palabras recolectadas de la radio o la televisión, una imagen, un sueño, cualquier cosa podía ser el disparador que marcara el inicio de la carrera para comenzar a escribir un texto. Pero por el momento, la mayoría de mis pensamientos estaban dirigidos hacia Mauricio, y por lo tanto, todas mis ideas para escribir apuntaban hacia él.
Después de nuestro particular encuentro en Barney’s, ambos nos habíamos introducido con facilidad en la vida del otro. Habían pasado pocos días desde que nos presentaron, y disfrutábamos pasar tiempo juntos para conocernos más. Y al parecer estábamos teniendo éxito con ello, lo cual me extrañaba un poco pues teníamos personalidades y gustos bastante diferentes. Mauricio era arquitecto, tenía su propio despacho, vivía de día –como la gente normal-, le encantaba comer en restaurantes elegantes y salir en la sección de eventos sociales de los diarios. Yo en cambio, siempre he sido criatura nocturna, procuro mantenerme alejada de los horarios de 9 a 6, y definitivamente no tengo una vida social intensa. Sin embargo teníamos otras cosas en común y nos llevábamos bien, pero aún así yo no había dejado de mantener una línea invisible entre nosotros: por mucho que me gustara Mauricio, todavía no me sentía lista para sacrificar el más mínimo porcentaje de mi independencia. Independencia era la palabra clave, un montón de ideas pasaron frente a mí golpeando mi frente para después irse a estrellar directo al texto de mi post. Misión cumplida. Fui a buscar a mi habitación el libro que estaba terminando de leer y me tumbé en el sillón de la sala que daba a la ventana, para poder ver de reojo las primeras gotas de lluvia que, apuradas por formar charcos, caían con prisa desde el cielo.
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Darío subió a su blog algunos textos que había escrito en el pasado y que guardaba en una vieja carpeta. Había dedicado tiempo a diseñar su espacio y se sentía satisfecho con el resultado. Al releerlo se daba cuenta de que su blog lo retrataba fielmente tal cual era antes de que dejara un montón de cosas tiradas por el camino, y le sorprendió que ese Darío siguiera ahí, aletargado pero no extinto, y dispuesto a emerger si se lo permitían. Sacudió la cabeza como tratando de alejar esa reflexión, la idea le gustaba, pero sabía que era poco probable: uno no desanda lo andado, ni avienta todo por la borda para perseguir ideales enterrados.
Devolvió su atención al blog. De alguna manera misteriosa, los visitantes habían comenzado a pasar por ahí, encontró buenos comentarios sobre sus textos y coqueteos de algunas lectoras; esa no era la finalidad de tener una bitácora, pero la idea tampoco le parecía tan mala, ¿a qué hombre no le gusta saber que resulta atractivo para las mujeres? Comenzó a pasearse por otros espacios, buscando alguno que le pareciera interesante. Encontró un par de ellos y dejó un comentario en cada uno. De pronto, la foto de una chica en otro comentario le llamó la atención y clickeó para ver su perfil: Valeria, mexicana, treinta años, cantante por profesión y escritora por afición. Entró a su blog para saber qué había en él y encontró un post que hablaba acerca de ser una mujer independiente en todos los sentidos, de disfrutar el tiempo con uno mismo y cosas por el estilo. Le llamó la atención que, a pesar del tema, el post no tenía tintes feministas, simplemente describía una forma de vida. Bien por ella, pensó.
Siguió curioseando y más abajo encontró un video, al parecer de la chica cantando. Le dio una ojeada al reloj en su computadora y se dio cuenta de que casi tenía que irse. Apretó PLAY a la pequeña pantalla que aparecía en el blog y las primeras notas de una canción de rock inundaron su espacio.
—Vaya —se dijo— realmente lo hace bien, se nota que es lo suyo.
Cuando terminó la canción Darío volvió al primer post de ella, el que había leído. Abrió la opción para comentar y con rapidez garabateó unas palabras. De nuevo vio la hora en el reloj, apagó la máquina y se fue. Sin saber por qué, esa tarde no pudo sacarse de la mente la voz y la imagen de esa chica mientras cantaba una versión acústica de “Sweet child o’ mine”.
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Terminé de leer el libro, me agradaba esa sensación de satisfacción y tristeza que se siente cuando uno pasa la última página, algo así como una pequeña despedida. Habían pasado unas horas desde que subí mi último post, pero no había hecho mi recorrido habitual entre los blogs amigos. Tomé mi laptop y entré a mi espacio para de ahí comenzar el recorrido. Vi que mi último post tenía un nuevo comentario:
“La independencia, saber apreciar y convivir con la soledad es meritorio. Me alegro por ti, pero más por mí porque sé que estás disponible. Darío”.¹
—Vaya —exclamé en voz alta—, este tipo no se anda por las ramas.
El comentario tan directo despertó mi curiosidad, así que decidí ver quién era el autor, claro, sabía que se llamaba Darío pero ¿quién demonios era? El perfil no decía mucho, había nacido en Italia pero al parecer dominaba perfecto el castellano, tenía treinta y tantos años… y eso era todo. Comencé a leer su blog y me sentí atrapada por el contenido. Como si hubiera comenzado a leer un nuevo libro -de esos que no se pueden dejar hasta que aparece la palabra FIN-, prácticamente devoré los escritos de ese hombre. Era como si me hubieran echado una maldición, con cada párrafo que leía más quería saber, y conforme avanzaba se hacía notorio un nudo en mi estómago que apretaba más fuerte cuanto más cerca me encontraba del final del blog.
El explorador me indicó que en ese sitio no había nada más que leer, y como salida de un trance, sólo acerté a cerrar bruscamente mi máquina. ¿Qué había encontrado en ese sitio que me había hipnotizado así? El estilo del escritor, el contenido de las historias, la franqueza para decir lo que pensaba. Sí, pero además, conforme iba leyendo me había dado cuenta de que si algún día había dibujado en mi mente la imagen del hombre ideal -el que es bien sabido no existe-, sería exacta y perfectamente igual a ese desconocido que se alegraba de que yo estuviera disponible.
—Sigues siendo una romántica sin cura —pensé. Cambié mis shorts por unos jeans, y salí corriendo al jardín frente a mi casa, esperando que con la helada temperatura que comenzaba a sentirse, se me enfriara también la cabeza.
¹Este comentario fue incluido en esta historia con autorización del autor.