28 de septiembre de 2009
2 de septiembre de 2009
31 de agosto de 2009
DE TU BRAZO
Entro al salón y me siento en el lugar de siempre: primera fila, último asiento a la derecha. Saco mi ordenador portátil y lo enciendo, nunca terminaré de agradecerle a la tecnología todas sus bondades. La puerta del salón se cierra y todo queda en silencio, sólo se escucha una voz suave que nos saluda: es la profesora de psicología social.
—Espero —dice—, que hayan leído el capítulo cuatro de su libro.
Se escucha un murmullo apagado de inquietud estudiantil, pero ella lo extingue de inmediato con sus palabras.
—Sin abrir su libro, quiero que escriban un resumen donde expliquen las diferentes teorías de psicología social que pueden aplicarse en el ámbito laboral. Tienen treinta minutos.
El murmullo se escucha de nuevo, más fuerte esta vez.
—Veintinueve —dice la maestra, sumiendo al salón en un profundo silencio.
Quince minutos me bastan para teclear mi resumen, me quedan otros quince para pensar en ti. Te imagino sentado tres filas atrás de mí, concentrado, escribiendo sobre teorías psicológicas. Fantaseo con tu voz profunda y con los roces esporádicos de tu mano sobre la mía. Y deseo –mientras mi estómago se anuda de solo pensarlo-, que hoy seas tú quien me acompañe durante los recorridos entre una clase y otra.
La voz de la maestra, quien se ha parado a mi lado, interrumpe mis pensamientos cuando pide que le entreguemos el trabajo que acabamos de hacer. Pone una mano sobre mi hombro y me pide que el mío se lo envíe directamente a su correo electrónico, así lo hago. Da la clase por terminada, así que guardo mis cosas en mi mochila y me dirijo hacia la puerta. Tu voz, muy cerca de mi oído, me sobresalta; siento tu aliento caliente, la piel se me eriza y mi corazón late a una velocidad casi imposible.
—Soy una tonta —pienso—, cualquier día de estos te darás cuenta de lo que causas en mí.
—¿A ética, verdad? —me preguntas.
—Sí —te respondo con voz bajita.
Con una mano me quitas la mochila del hombro, y tu otro brazo lo enredas con el mío. Me parece que camino sobre nubes mientras nos dirigimos al aula de ética profesional.
Al entrar al salón me dejas en mi lugar de siempre: primera fila, último asiento a la derecha. Pasas rápido tu mano sobre mi cabello, a manera de despedida, y supongo que te sientas donde acostumbras: tres filas atrás de mí. El resto del día transcurre entre teorías psicológicas y reflejos de felicidad absoluta, cada vez que me tomas del brazo para ir de un salón a otro. Y mientras no estás cerca, aprovecho cada segundo libre para imaginarte.
A las dos de la tarde mi corazón se encoge de tristeza, se acerca el último recorrido del día, ése en el que sólo me queda despedirme de ti. Caminamos en silencio, yo me acerco un poco más a tu cuerpo. Busco quedarme con algo tuyo que me permita sobrevivir hasta mañana que vuelva a encontrarte: un extracto de tu voz de miel, un atisbo de tu aroma a limas, una impresión del toque cálido y descuidado de tu mano sobre mi piel.
Nos detenemos.
—Hasta mañana —me dices— tu mamá ya te espera.
Me devuelves mi mochila y besas mi mejilla con rapidez. Escucho tus pasos que se alejan sobre el camino empedrado. Después de unos segundos, a tu caminar se une el de alguien más, alguien que camina sobre tacones altos. Hago un esfuerzo para no llorar, pero no lo logro, y un par de lágrimas humedecen mis ojos apagados que nunca llegarán a conocerte.
1 de abril de 2009
Catatonia

17 de febrero de 2009
22 de enero de 2009
Mi primera publicación

19 de septiembre de 2008
Rosas
Aspiro profundo varias veces conteniendo el aire en mis pulmones mientras cuento hasta tres, según mi mamá me ha aconsejado que haga. Escucho cada vez más fuerte la plática y las risas de la gente que espera en el auditorio a que la función inicie. Me asomo por un hueco que encuentro en el enorme telón rojo para comprobar mi teoría. Tengo razón, la sala está a reventar y la gente sigue llegando. Por el altavoz una voz masculina anuncia la tercera llamada y la gente comienza a ocupar sus lugares. Unos golpecitos en la espalda me sobresaltan e interrumpen mi observación: —Es hora— me recuerdan. No tengo opción, camino con pasitos lentos para reunirme, tras bambalinas, con las demás participantes. El concurso de declamación está por comenzar. Observo con atención la actuación de seis participantes. Llega mi turno, el maestro de ceremonias me presenta mientras camino al centro del escenario. El auditorio queda en silencio, todos me observan pero yo no me siento nerviosa en absoluto. Recito con claridad palabras de Amado Nervo que, a decir verdad, todavía no comprendo bien:
Cultivo una rosa blanca, en julio como en eneroPara el amigo sincero, que me da su mano franca
Y para el cruel que me arranca, el corazón con que vivo
Cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca
Amado cultiva rosas y yo cosecho un público que se deshace en aplausos. Acepto el ruidoso homenaje con sencillez mientras la figura de un hombre avanza por el pasillo central. No logro distinguir su cara pero sí lo que trae entre las manos. El caballero misterioso se detiene ante mí y me entrega un enorme ramo de rosas. Mis mejillas se sonrojan con intensidad contrastando con el blanco de las flores. El hombre se acerca más para hacer una elegante caravana, y es entonces que veo que es papá y le devuelvo la cortesía con una sonrisa tímida. Salgo del escenario e impaciente espero que desfile el resto de las concursantes. El certamen termina y el maestro de ceremonias anuncia un pequeño receso mientras el jurado delibera. Los resultados están listos. La directora de la escuela sube al escenario con el sobre de resultados en la mano, y después de felicitar a todas las participantes procede a anunciar el quinto, cuarto y tercer lugar: no estoy entre ellos. Antes de continuar la premiación dice que la estudiante que mencionará a continuación, además de haber obtenido el segundo lugar, merece un reconocimiento especial por ser la concursante más pequeña de todas. Dice mi nombre y compara mis seis años de edad con los más de diez de las otras niñas. Los asistentes aplauden y, con su ovación, parecen regalarme un mejor lugar que el obtenido. Anuncian el primer lugar y la premiación termina. La gente vuelve a aplaudir, esta vez tengo que compartir sus aplausos con las otras concursantes. Volteo y en las orillas del escenario veo la sombra de papá. Camino hacia él dejando atrás los festejos de mis compañeras de concurso. Me paro frente a él, desde mi corta estatura parece un hombre gigante. Lo abrazo con fuerza. Sin soltar el ramo de rosas, lo tomo de la mano y nos vamos de ahí. Esa noche no fui la ganadora del concurso, pero estoy segura de que, para mi papá, no hubo otra niña que recitara poemas mejor que yo.
4 de agosto de 2008
Inconsciencia
—Entonces —dije—, ¿no estás de acuerdo conmigo cuando digo que todos albergamos al mal dentro de nosotros? Te concedo que quizás no lo hacemos en la misma medida que un asesino serial, pero te aseguro que los humanos actuamos mal mucho más seguido de lo que los demás piensan y mucho más de lo que nosotros mismos estamos dispuestos a admitir.—Oye mujer —replicó Marcela— en caso de que lo hayas olvidado, desde pequeños se nos va inculcando una gracia llamada conciencia, y gracias a ella es que podemos darnos cuenta si lo que estamos a punto de cometer es una maldad, y entonces detenernos a tiempo.
—La conciencia, Marcela, no tiene nada que ver en esto —le respondí. Uno puede darse cuenta de que está actuando mal, y sin embargo seguir haciéndolo. La verdad es que la conciencia sólo nos indica cuando estamos a punto de cruzar una frontera, pero no puede impedirnos que lo hagamos.
Mi amiga se quedó callada unos segundos intentando asimilar mis palabras, para después mirarme fijamente y con expresión grave.
— ¿Qué has hecho?— me interrogó.
— Ja, ja, ja, ja…— mi carcajada inundó el pequeño café provocando que los pocos presentes voltearan a vernos con curiosidad. — ¿Qué no he hecho?, diría yo.
Ella se revolvió inquieta en su sillón.
— Mira Marcela —le dije—, lo que yo me pregunto es qué hace que una persona sea considerada “buena” o “mala”. ¿Hay que estar cien por ciento de un lado o del otro? ¿O es como un juego de puntuación: te quedas del lado donde anotas más, aunque la diferencia la marque sólo un punto? ¿O se puede ser bueno y malo a ratos, y pasar la vida brincando de un extremo a otro? Y más aún, ¿de qué sirve la famosa “conciencia”, si como te dije antes, a veces es incapaz de generar algo más que un leve recordatorio de lo que no debemos hacer?
— No entiendo a qué vienen tus divagaciones, ¿acaso estás aplicando a ti misma estas teorías?
— Quizás —le contesté.
— Haces mal —me dijo— tú eres una chica buena: te ocupas de tu familia, has apoyado a tus amigos cuando lo han necesitado, llevas una vida sana… Por lo menos, en lo que a mí respecta, debo decirte que has sido una excelente amiga y que me has demostrado incontables veces tu apoyo incondicional y tu cariño; es por eso que a mis cuarenta y tantos, te considero una de mis mejores amigas.
— Eso —la interrumpí— es lo que tú percibes, así es como tú me consideras, pero ¿qué dirías si te contara, por ejemplo, que alguna vez me enredé con el mejor amigo de un hombre que me amaba, o que preferí gastar en mí el dinero que había reunido para pagar una deuda que tenía con mi padre, o que le mentí a mi hermana sobre algo que hice para evitar una discusión, o que alteré mi último reporte de gastos de viaje de la oficina para ocultar una cena a todo lujo? Dime… ¿qué dirías?
— Diría —me dijo sacudiendo lentamente la cabeza— que todo eso te lo has inventado, porque no es posible que alguien como tú, que es capaz de hacer cosas tan buenas como las que yo he visto, sea capaz también de cometer tanta estupidez y de lastimar a la gente que la quiere.
— Pero si lo fuera, ¿qué pesaría más? ¿Las anotaciones del lado bueno o las del lado malo?
— Pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos y opino que deberíamos dejar de filosofar. Ya vuelvo —me dijo, mientras se levantaba y se dirigía al tocador.
Me quedé pensando en nuestra conversación, quizás yo sea un caso único, o quizás la gente se pasea –como yo- de un lado al otro de los valores morales, ignorándolos de vez en cuando sin hacer, claro, alarde de ello. He de decir que la luz de alarma de los míos falla de manera regular, liberando la parte de mi personalidad que no tiene escrúpulos, permitiéndome así cometer cualquier tipo de locuras, mismas que –inexplicablemente- siempre han quedado ocultas a la vista de las demás personas. Y mi conciencia intenta aparentar que se alarma ante los actos cometidos, sólo para volverse después cómplice mudo de los mismos, sin exigir explicaciones ni cobrar multas que ayuden a acallarla.
Martha volvió del tocador cuando yo ya había pagado la cuenta.
— Me tengo que ir cariño —le dije.
— Ese brillo en tus ojos no miente, vas a encontrarte con un hombre, ¿cierto?
— Cierto —le respondí.
— Vaya, a ver si esta vez es algo serio y pronto te animas a contarme de quién se trata.
— Ya veremos, le respondí a mi amiga diez años mayor que yo, mientras le daba un beso en la mejilla y me dirigía a mi apartamento, donde ya me estaba esperando Javier, su hijo, quince años menor que yo.
26 de marzo de 2008
CICATRICES

13 de marzo de 2008
FELIZ
Me despierto y siento que la cabeza me pesa tanto que no podría levantarme de la cama. Es como si hubiera dormido dieciséis o más horas, todo está borroso, me siento mareada. Pero no puedo haber dormido tanto, nunca lo hago. Poco a poco, la neblina se disipa, y entonces... entiendo menos. ¿Qué está pasando? No estoy en mi habitación, esta cama tan pequeña no es la mía, ni tampoco acostumbro vestirme con ropa de este horrible color azul. ¡¿Qué está pasando?!
Como en un corto cinematográfico, veo decenas de imágenes sin orden ni secuencia, sin significado. Eso sí lo entiendo, es parte de mi vida... hay personas conocidas... eso otro no, ¿cuándo sucedió? ¿Fue todo un sueño? ¿En realidad sí dormí tantas horas? Confundida, y aún sin comprender, me observo con cuidado, y son las vendas en las muñecas las que me permiten recordar dónde estoy y por qué llegué hasta aquí. Seguramente las heridas son recientes porque, sobre el limpio color blanco, aparecen pequeñas manchas de sangre, mi sangre.
Una lágrima recorre mi mejilla y se seca sobre mi piel que arde por la fiebre. Yo no puedo haberme convertido en esta persona, yo no era así, nunca lo consideré. Intentar suicidarse es de cobardes, yo nunca lo he sido... o nunca lo fui. Recuerdo una infinita tristeza invadiéndome después que él me dejara tras una terrible discusión. Después la soledad, días de encierro en mi casa, ningún motivo para seguir, mi teléfono sonando sin parar, los golpes en la puerta, los vecinos intentando romper los candados, la sirena de la ambulancia, el diagnóstico de los doctores: episodio agudo de depresión dentro de un cuadro de trastorno bipolar. Esto tiene que ser una pesadilla, o seguramente estoy imaginando algo para escribir. Entonces ¿por qué no logro despertar?
No puedo evitarlo, pierdo el control, ¡tiene que haber alguna forma de salir! ¡Él tendría que venir por mí! La vida nada significa sin su presencia y esto que ha sucedido debería ser suficiente para que él volviera y le diera de nuevo sentido a todo. Golpeo desesperadamente la puerta, me aviento contra ella, alguien tiene que escucharme. Grito, pero nadie responde y termino sin fuerzas, sollozando en una esquina del pequeño cuarto acolchonado. Entonces entra él. ¿Eres tú? No logro ver con claridad, las lágrimas nublan mi visión. Sí –responde- soy yo. Creo que me mira con ternura, me levanta con cuidado y me devuelve a la cama. Yo me dejo llevar mientras sonrío, él regresó. Me toma de la mano suavemente y, de algún lugar oculto en su bata de enfermero saca una jeringa. Apenas siento el pinchazo, el líquido entra en mi cuerpo y recorre mis venas regalándome una sensación inmediata de alivio, el corazón comienza a dejar de doler. Ahora entiendo por qué pude dormir tantas horas. El sueño comienza a apoderarse de mí, empiezo a soñar contigo, y vuelvo a ser feliz.


