¿Podrías reconocer a tu alma gemela entre las miles de personas que deambulan por los blogs?
Y si eso fuera posible, ¿qué serías capaz de hacer para reunirte con él/ella y no separarte jamás?... comenzando por salvar los miles de kilómetros que los separan.
Amor virtual, una historia de amor, tan real, que el protagonista podrías ser tú.

19 de mayo de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 9: CAMBIOS.

Después del sueño de la noche anterior tuve que aceptar que la impresión que Darío había causado en mí era mayor de lo que había querido aceptar. La tarde que leí su blog, quise convencerme de que mi mente fantasiosa -valiéndose de las palabras que encontró en ese espacio-, había sido quien creó el espejismo de que Darío podía ser mi hombre ideal. Pero lo cierto era que varios días después, no me había atrevido a responder los comentarios en mi post ni había vuelto a abrir mi blog; y mi computadora, que generalmente se encontraba en estado de alerta, disfrutaba de unos días de vacaciones. Me molesté por dejarme impresionar tan fácilmente, tanto por los posts de Darío como por el sueño en el que se me apareció. De acuerdo, uno no es responsable de lo que sueña, pero dicen que es en ese estado cuando el subconsciente aprovecha para revelarnos las cosas que han quedado grabadas en su superficie; y yo lo menos que quería era que un desconocido se anduviera paseando por un lugar al que ni siquiera mi yo consciente tenía acceso.

Decidí que era momento de enfrentar los fantasmas y prendí mi laptop. Revisé mi blog y comencé a contestar los comentarios que había recibido, incluyendo el de mi perturbador visitante, tratando de no hacer referencia a su insinuación. Darío, gracias por visitar mi blog, yo también he visitado el tuyo y me encantó tu manera de escribir. Espero verte seguido por aquí. Publiqué mis respuestas y revisé mi post anterior, el del video. Encontré un nuevo comentario de él. Valeria, tu voz es maravillosa, bueno y algunas otras cosas también. Subí una canción en mi blog, cuando puedas escúchala y dale tu opinión a un músico aficionado. Besos y más, Darío. ¡De nuevo con las insinuaciones! Sus palabras causaban en mí molestia y emoción al mismo tiempo. Me gustaba que demostrara interés en mí, pero suponía que esa era su actitud en el ciberespacio con las lectoras en general y eso me disgustaba, pero más me disgustaba que me disgustara. ¡Por Dios, si yo no tenía nada que ver con él! De cualquier manera, entre molesta y curiosa, di click a su nombre en mi blog y entré de nuevo en su mundo; ahí, en un nuevo post estaba su canción. Me estremeció escuchar su voz por primera vez, acompañada solamente por una guitarra ronca, en un cadencioso blues. La letra hablaba de bares oscuros, con olor a alcohol y a soledad, evocaba amores perdidos y proclamaba rebeldía de espíritu. Me gustó, pero más me sorprendió enterarme de que teníamos algo más en común. En sus anteriores textos no lo había mencionado, y ahora me enteraba de que también la música formaba parte importante de su vida, aunque fuera como aficionado, según sus propias palabras. Leí los comentarios que ya le habían dejado y escribí: Darío, me ha gustado mucho tu canción, al parecer no eres tan aficionado como dices. Espero que subas a tu blog más de tus composiciones. Besos. Valeria.

Hubiera querido dejarle un comentario mucho más extenso, decirle lo ansiosa que me sentía tan solo con abrir su página web en mi explorador, pero comprendí que era mejor así. Mi intención al abrir un blog no fue nunca la de buscar un interés romántico, y a pesar de haber encontrado amigos sinceros en la red, prefería andarme con cuidado. En el mundo virtual todos podemos ser quienes deseemos ser, y yo no quería llevarme un chasco. ¿Quién me garantizaba que todo lo que Darío escribía era cierto y no solamente una forma de atraer mujeres? Sabía bien cuál era el tono de sus comentarios, y me había dado cuenta de los coqueteos sutiles con las chicas que comentaban en su blog, así que no había necesidad de interesarme en un Don Juan virtual; Darío podría llegar a ser un buen amigo de blog, o simplemente permanecer como un visitante más en mi espacio, pero sólo eso.

Y yo, por otro lado, debería seguir los consejos de Alejandro y comenzar a pasar más tiempo en el mundo real y menos en el ciberespacio, así que comencé a tomar medidas. Apagué la laptop como despidiéndome de mi mundo de fantasía y le mandé un mensaje de texto a Mauricio sugiriéndole que nos viéramos esa noche. Todavía tenía una decisión pendiente, o eso quería hacerme creer; lo cierto es que soy de decisiones arrebatadas y desde que leí el mail con la oferta de trabajo sabía que la aceptaría, pero sabía también que si lo pensaba demasiado, dejaría pasar la oportunidad. Levanté el teléfono y me comuniqué a la oficina de Manuel, el dueño del bar donde cantaba, para hacer una cita con él esa misma semana. Marqué un nuevo número y después de seguir las instrucciones del conmutador automático, mi llamada fue desviada a la dirección de relaciones públicas de un hotel en Huatulco.
—Oficina del Ing. Fernando Lozano, buenas tardes —contestó una chica con tono amable.
—Buenas tardes, quisiera hablar con él, por favor.
—Claro que sí, ¿quién lo busca?
—Valeria Sáenz.
Por un momento los nervios me dominaron, titubeé pero sabía que no podía dar marcha atrás. Controlé las ganas de colgar el teléfono y esperé hasta que escuché una agradable voz masculina del otro lado de la línea. En ese momento ni siquiera lo intuía, pero estaba a punto de dar un paso que cambiaría mi vida para siempre.

12 de mayo de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 8: DECISIONES

Las madrugadas después del trabajo eran muy parecidas: me resultaba casi imposible dormir cuando recién había terminado de trabajar. Supongo que la adrenalina que mi cuerpo bebía en las noches de rock impedía que me tranquilizara, y eso era lo que no me dejaba conciliar el sueño rápidamente. Esa noche era peor, Mauricio me había dejado en la puerta de mi casa casi a las cinco de la mañana y yo me sentía demasiado inquieta después de haberlo tenido tan cerca, sabía que las cosas entre nosotros irían avanzando y en qué dirección, y yo nunca estaba lista para esos compromisos. Esa madrugada ya había prendido y apagado la televisión, había leído un rato, me había tomado un té… y nada, no lograba dormir. Decidí revisar mi correo electrónico para -al menos- aprovechar un poco el tiempo. Encontré lo de siempre: publicidad, el recordatorio del cumpleaños de una amiga, una invitación a uno de esos sitios para contactar amigos y desconocidos, y un par de “cadenas”. Fui abriendo cada correo para después borrarlo, y cuando llegué a uno que había sido enviado por un hotel, me sorprendí al darme cuenta de que no era publicidad sino una carta dirigida a mí.

Estimada Srita. Valeria Sáenz:
Nuestra prestigiada cadena hotelera está por abrir un nuevo resort en la ciudad de Huatulco. El Sr. Pedro Manning, amigo suyo, ha tenido a bien recomendarla con nosotros. Confiamos plenamente en el buen gusto del Sr. Manning, por lo que queremos ofrecerle trabajo como cantante en nuestro nuevo proyecto durante las temporadas de primavera y verano. Si le parece interesante nuestra propuesta, le agradeceré se ponga en contacto conmigo para conversar sobre los pormenores del contrato. Espero su pronta respuesta.
Quedo de usted.
Fernando Lozano.
Director de Relaciones Públicas.

Leí de nuevo el mail sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro. ¡Qué curioso! Precisamente unas horas antes había vuelto a acariciar el sueño de probar suerte en algún lugar lejano, y ahora me hacían este ofrecimiento. Adjunta a la carta, había una lista que detallaba las condiciones de trabajo y el salario: eran excelentes. El poco sueño que había logrado reunir mientras revisaba mi correo, huyó. Ahora no sólo tenía que preocuparme por mi vida romántica sino también por mi futuro profesional. Comencé a analizar las opciones y mi maldita dualidad entró a escena: la vida me había equipado con alas y anclas, y ambas pasaban el tiempo intentando predominar, sin considerar remotamente la idea de convivir. Tratar de sobrevivir siendo de naturaleza estable y aventurera al mismo tiempo era sumamente difícil, por no decir imposible. Mis opuestos, o debo decir opuestas, comenzaron a enfrentarse relegándome al puesto de espectadora.
—¿Qué puedo perder si acepto? —preguntó una.
—¡¿Qué puedes perder?! —respondió la otra parte—, simplemente mira a tu alrededor, puedes perderlo todo.
—¿Todo qué? Unos cuantos muebles, una casa de alquiler, un auto de lujo que me recuerda a alguien que no quiero recordar. No me parecen cosas importantes.
—No te hagas la tonta, me refiero a la estabilidad, a un trabajo que conoces y en el cual te pagan bien, a la familia, a los amigos, eso es Todo.
—No metas a la familia y a los amigos en esto, ¿acaso no podrían vivir sin mí seis meses? Nadie ha dicho que me marcharía para siempre.
—Ellos podrían esperar, pero ¿Mauricio? La relación apenas comienza y va marchando bien, pero si te alejas no funcionaría. Y en el trabajo tampoco esperarán.
—Bien dices, la relación apenas comienza, así que los daños serían menores. Y en cuanto al trabajo, hace tiempo que vengo considerando la idea de dejarlo.

Mi yo con anclas bajó la cabeza, dio la media vuelta y se fue a recostar a una esquina murmurando por lo bajo, sabía que había perdido esa batalla. Mi yo con alas dejó escapar una risita de triunfo y se echó a dormir. Yo… yo sabía que para poder dormir, aunque fuera un poco esa madrugada, tenía que poner mi mente en blanco por más difícil que resultara. Me acerqué a la ventana de mi habitación, era casi de día y resultó ser el momento en que el astro rey y su mujer se dejan ver en el cielo al mismo tiempo. Ambos recorrían el espacio lentamente, imponentes y hechos el uno para el otro, pero siempre con una distancia considerable entre ellos. No pude evitar preguntarme cómo sobrevivían a aquel romance en la distancia, compartiendo sólo algunos momentos robados durante los eclipses. Y a esa interrogante siguieron varias más, esta vez relacionadas conmigo. ¿Habría allá afuera algún astro rey esperando por mí? Si era así, ¿cuándo llegaría el eclipse que nos reuniría? ¿Y si Mauricio era esa mitad tan esperada, entonces porqué la vida estaba abriendo senderos que nos alejaban? ¿Y si ese trabajo era una oportunidad que no se debía desperdiciar? ¿Y si al marcharme cambiaba todo por nada? ¿Y si me perdía de algo importante al quedarme? ¿Y si…? Mis ojos comenzaron a pesar, y mi mente, que era un torbellino de signos de interrogación se fue apagando; el cansancio me venció dejando la última pregunta incompleta y caí en un sueño profundo e inquieto. Esa madrugada, entre sueños, reviví el beso que Mauricio me había dado antes, pero para mi sorpresa, cuando en mi fantasía abrí los ojos, quien me acariciaba la cara y me apretaba fuerte contra él con la intención de besarme, era Darío.

9 de mayo de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 7: VIVIENDO DE NOCHE

La gente había llegado al bar en un desfile lento pero constante, solamente quedaban algunas mesas libres. Comencé a ponerme nerviosa, sentía mariposas en el estómago cada vez que tenía que subirme al escenario, y ya estando ahí, lo único que tenía a mi favor era la luz de los reflectores, tan potente que una vez encendida para iluminarme, no me dejaba ver casi nada de lo que sucedía en el lugar. Lo más difícil era la primera canción, el primer enfrentamiento con el público; una vez transcurrida ésta, comenzaba a sentirme como pez en el agua haciendo allí arriba lo que más me gustaba. Mientras llegaba la hora de comenzar dejé volar mi imaginación. Tenía casi tres años de trabajar ahí y empezaba a preguntarme si había llegado el momento de cambiar de escenario… literalmente. A veces fantaseaba con la idea de irme a trabajar a lugares lejanos: a una playa exótica, a una ciudad europea o a un casino; pero hasta el momento no me había atrevido a probar suerte en la distancia, alejada de todo lo que me resultaba conocido. Una mesera interrumpió mis reflexiones para avisarme que Manuel, el dueño del bar, me esperaba en la puerta trasera del lugar. Ya sabía lo que quería y me alegré, era una manera divertida de comenzar la noche.

Cuando llegué al patio de atrás del bar, Manuel me esperaba arriba de su Harley Davidson Dyna roja, vestido –o debería decir disfrazado- de motociclista. Usaba una chamarra de cuero negro que seguramente algunos años antes le ajustaba a la perfección y que ahora le quedaba un poco apretada. Llevaba guantes del mismo material y color, y un pañuelo negro con calaveritas blancas que le cubría la cara; no era ningún jovencito pero le fascinaban las motocicletas y era biker de corazón. Algunas noches abandonaba su ostentosa camioneta y viajaba de su casa al bar en la moto, entonces aprovechaba para que hiciéramos nuestra “entrada triunfal”. Me acomodé en el asiento para pasajeros, si es que así se le puede llamar al pequeño espacio que encontré para sentarme, coloqué los pies en los estribos y me agarré fuerte al respaldo; Manuel se puso el casco y giró la moto hasta que vimos de frente nuestro objetivo: el escenario. Todas las luces del lugar se apagaron y se escuchó un primer acorde rockero de la banda, una luz intensa inundó el lugar desde la parte trasera, y casi al mismo tiempo un estruendo exagerado opacó el sonido de la guitarra: era la bestia recién despierta en la que yo estaba montada. Avanzamos en la moto hacia el escenario, pasando entre las mesas por el centro del bar a unos diez kilómetros por hora. Manuel pisaba el acelerador y el freno al mismo tiempo, haciendo que el ruido y el humo del escape de la moto volvieran el ambiente casi insoportable, pero los asistentes en lugar de quejarse enloquecían y aplaudían mientras pasábamos junto a sus mesas. Finalmente llegamos hasta el frente del bar donde uno de los guardias de seguridad me agarró como si fuera una muñeca de trapo para llevarme de la Harley al escenario. Manuel hizo un par de piruetas en el centro de la pista, dio tres acelerones más a la moto, y visible a medias por las nubes de humo que había provocado, salió por el mismo camino por el que entramos. Entre gritos y aplausos, la banda comenzó a tocar una canción de Rush, dando así por inaugurada la noche.

Tres horas más tarde volví a salir al estacionamiento lista para irme a casa, pero el encargado del valet parking me avisó que me estaban esperando, y señaló un elegante auto negro. Mauricio estaba al volante, al verme salió y se acercó a mí para saludarme con un beso en la mejilla.
—Buenas noches señorita, la invito a dar un paseo —me dijo mientras caminábamos hacia su carro. Cuando llegamos abrió la puerta del pasajero, y vi que sacó algo que después me entregó: era un ramo de rosas rojas.
—Con gusto señor —le dije riendo y subiendo al carro. —Gracias por las flores, son mis favoritas, pero sobre todo me gusta el detalle.
—Y a mí me gusta que te gusten Valeria —me dijo con esa sonrisa que había comenzado a conquistarme desde la primera vez que lo vi. —¿Nos vamos? Un amigo está inaugurando su bar after hours.
No le respondí, me quedé mirándolo mientras me preguntaba en silencio por qué me resistía, qué era lo que estaba esperando para aceptar el sentimiento que Mauricio despertaba en mí. Supongo que escuchó mis pensamientos porque volteó a verme, y mientras me hipnotizaba con una de sus miradas profundas, me tomó de la barbilla y me volteó hacia él. No pude sostenerle la mirada y cerré los ojos, sabía lo que venía. Su olor a lavanda y maderas me mareó al sentirlo tan cerca, pero no tanto como sus labios encima de los míos, ya no me resistí, simplemente me dejé llevar; fue un beso suave pero lleno de pasión contenida, yo aún no lograba recuperar el aliento cuando me di cuenta de que mi cabeza dejaba de girar, yo ya estaba sentada en el auto y Mauricio aceleraba rumbo a la fiesta donde nos estaban esperando.

1 de mayo de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 6. ENCUENTRO

Las primeras sombras de la tarde iban cayendo sobre la ciudad. Junto con las madrugadas, ese era uno de mis momentos favoritos del día. Las tardes por los tonos de naranja y azul que se combinan en el cielo mientras el sol se está ocultando; las madrugadas por ser de un silencio tan absoluto que permite escuchar los pensamientos y los latidos del corazón, aunque eso a veces no resulte ser muy conveniente. Bajé a la cocina y puse café recién molido en el filtro de la percoladora, la cual fue inundando con un aroma suave toda la casa. Era invierno, y aunque no era uno de esos días en los que la temperatura baja a menos de cero grados, afuera hacía frío. Ese es para mí uno de los encantos de la estación invernal: las tardes donde puedo ver desde mi ventana como el mundo se congela, mientras yo me quedo en casa vistiendo shorts y una camiseta y disfrutando de una temperatura ideal, acompañada de una bebida caliente. Bueno… definitivamente hay mejores compañías que un café en una tarde invernal, y formas mucho más interesantes de pasarla, pero por el momento, me tenía que conformar con eso.

El video que subí a manera de post fue bien recibido por mis amigos del blog. A todos los que comentaron les pareció buena idea que hubiera decidido compartir con ellos un poco de mi vida en un plano absolutamente real. Al leer los comentarios de la gente, mi preocupación inicial de que aquello pudiera haber resultado un error se disipó, me sentía cómoda dando la cara y en absoluto había pensado en comenzar a restringir la sinceridad de mis escritos. El post tenía ya algunos días en escena, así que supuse que era el momento de escribir algo nuevo y subirlo. Pulsé el botón de encendido de mi laptop, y mientras los programas se cargaban, me pregunté sobre qué escribiría aquel día. Generalmente no pasaba mucho tiempo antes de que la primera frase brincara de las teclas a la pantalla del ordenador: una reflexión, un par de palabras recolectadas de la radio o la televisión, una imagen, un sueño, cualquier cosa podía ser el disparador que marcara el inicio de la carrera para comenzar a escribir un texto. Pero por el momento, la mayoría de mis pensamientos estaban dirigidos hacia Mauricio, y por lo tanto, todas mis ideas para escribir apuntaban hacia él.

Después de nuestro particular encuentro en Barney’s, ambos nos habíamos introducido con facilidad en la vida del otro. Habían pasado pocos días desde que nos presentaron, y disfrutábamos pasar tiempo juntos para conocernos más. Y al parecer estábamos teniendo éxito con ello, lo cual me extrañaba un poco pues teníamos personalidades y gustos bastante diferentes. Mauricio era arquitecto, tenía su propio despacho, vivía de día –como la gente normal-, le encantaba comer en restaurantes elegantes y salir en la sección de eventos sociales de los diarios. Yo en cambio, siempre he sido criatura nocturna, procuro mantenerme alejada de los horarios de 9 a 6, y definitivamente no tengo una vida social intensa. Sin embargo teníamos otras cosas en común y nos llevábamos bien, pero aún así yo no había dejado de mantener una línea invisible entre nosotros: por mucho que me gustara Mauricio, todavía no me sentía lista para sacrificar el más mínimo porcentaje de mi independencia. Independencia era la palabra clave, un montón de ideas pasaron frente a mí golpeando mi frente para después irse a estrellar directo al texto de mi post. Misión cumplida. Fui a buscar a mi habitación el libro que estaba terminando de leer y me tumbé en el sillón de la sala que daba a la ventana, para poder ver de reojo las primeras gotas de lluvia que, apuradas por formar charcos, caían con prisa desde el cielo.

++++++

Darío subió a su blog algunos textos que había escrito en el pasado y que guardaba en una vieja carpeta. Había dedicado tiempo a diseñar su espacio y se sentía satisfecho con el resultado. Al releerlo se daba cuenta de que su blog lo retrataba fielmente tal cual era antes de que dejara un montón de cosas tiradas por el camino, y le sorprendió que ese Darío siguiera ahí, aletargado pero no extinto, y dispuesto a emerger si se lo permitían. Sacudió la cabeza como tratando de alejar esa reflexión, la idea le gustaba, pero sabía que era poco probable: uno no desanda lo andado, ni avienta todo por la borda para perseguir ideales enterrados.

Devolvió su atención al blog. De alguna manera misteriosa, los visitantes habían comenzado a pasar por ahí, encontró buenos comentarios sobre sus textos y coqueteos de algunas lectoras; esa no era la finalidad de tener una bitácora, pero la idea tampoco le parecía tan mala, ¿a qué hombre no le gusta saber que resulta atractivo para las mujeres? Comenzó a pasearse por otros espacios, buscando alguno que le pareciera interesante. Encontró un par de ellos y dejó un comentario en cada uno. De pronto, la foto de una chica en otro comentario le llamó la atención y clickeó para ver su perfil: Valeria, mexicana, treinta años, cantante por profesión y escritora por afición. Entró a su blog para saber qué había en él y encontró un post que hablaba acerca de ser una mujer independiente en todos los sentidos, de disfrutar el tiempo con uno mismo y cosas por el estilo. Le llamó la atención que, a pesar del tema, el post no tenía tintes feministas, simplemente describía una forma de vida. Bien por ella, pensó.

Siguió curioseando y más abajo encontró un video, al parecer de la chica cantando. Le dio una ojeada al reloj en su computadora y se dio cuenta de que casi tenía que irse. Apretó PLAY a la pequeña pantalla que aparecía en el blog y las primeras notas de una canción de rock inundaron su espacio.

—Vaya —se dijo— realmente lo hace bien, se nota que es lo suyo.

Cuando terminó la canción Darío volvió al primer post de ella, el que había leído. Abrió la opción para comentar y con rapidez garabateó unas palabras. De nuevo vio la hora en el reloj, apagó la máquina y se fue. Sin saber por qué, esa tarde no pudo sacarse de la mente la voz y la imagen de esa chica mientras cantaba una versión acústica de “Sweet child o’ mine”.

++++++

Terminé de leer el libro, me agradaba esa sensación de satisfacción y tristeza que se siente cuando uno pasa la última página, algo así como una pequeña despedida. Habían pasado unas horas desde que subí mi último post, pero no había hecho mi recorrido habitual entre los blogs amigos. Tomé mi laptop y entré a mi espacio para de ahí comenzar el recorrido. Vi que mi último post tenía un nuevo comentario:

“La independencia, saber apreciar y convivir con la soledad es meritorio. Me alegro por ti, pero más por mí porque sé que estás disponible. Darío”.¹

—Vaya —exclamé en voz alta—, este tipo no se anda por las ramas.

El comentario tan directo despertó mi curiosidad, así que decidí ver quién era el autor, claro, sabía que se llamaba Darío pero ¿quién demonios era? El perfil no decía mucho, había nacido en Italia pero al parecer dominaba perfecto el castellano, tenía treinta y tantos años… y eso era todo. Comencé a leer su blog y me sentí atrapada por el contenido. Como si hubiera comenzado a leer un nuevo libro -de esos que no se pueden dejar hasta que aparece la palabra FIN-, prácticamente devoré los escritos de ese hombre. Era como si me hubieran echado una maldición, con cada párrafo que leía más quería saber, y conforme avanzaba se hacía notorio un nudo en mi estómago que apretaba más fuerte cuanto más cerca me encontraba del final del blog.

El explorador me indicó que en ese sitio no había nada más que leer, y como salida de un trance, sólo acerté a cerrar bruscamente mi máquina. ¿Qué había encontrado en ese sitio que me había hipnotizado así? El estilo del escritor, el contenido de las historias, la franqueza para decir lo que pensaba. Sí, pero además, conforme iba leyendo me había dado cuenta de que si algún día había dibujado en mi mente la imagen del hombre ideal -el que es bien sabido no existe-, sería exacta y perfectamente igual a ese desconocido que se alegraba de que yo estuviera disponible.
—Sigues siendo una romántica sin cura —pensé. Cambié mis shorts por unos jeans, y salí corriendo al jardín frente a mi casa, esperando que con la helada temperatura que comenzaba a sentirse, se me enfriara también la cabeza.

¹Este comentario fue incluido en esta historia con autorización del autor.

27 de abril de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 5: MAURICIO

Empujé con fuerza la pesada puerta de madera de Barney's y entré. Después de la llamada de Alejandro, me había tomado media hora cambiarme de ropa y llegar al bar. Siendo zona libre para fumadores, una leve nube de humo, constantemente alimentada por algunos de los clientes, daba lengüetazos al techo blanco. El aroma de la madera de los muebles, piso y paredes, predominaba sobre el aroma a tabaco y perfumes, y la buena música de antaño se fusionaba con el parloteo de los presentes, dando por resultado una atmósfera heterogénea pero agradable. A pesar de ser lunes el lugar estaba bastante lleno, por eso, aunque el local era pequeño no localicé de inmediato a mi amigo, así que mientras lo buscaba, pude darme una idea de la población del bar esa noche: juraría que todos sobrepasaban los treinta, había mayoría de hombres –algunos solos- repartidos entre la barra y las mesas pequeñas; un par de grupos mixtos en las mesas del centro haciendo un pequeño escándalo; en una esquina cuatro chicas concentradas sólo en su animada plática y en sus martinis, pareciendo ignorar por completo el exceso de testosterona, lo cual me extrañó hasta que descubrí a dos de ellas tomándose discretamente de las manos por debajo de la mesa. Había también gente parada o deambulando de aquí para allá, y finalmente, en un sitio más apartado, cerca de la mesa de billar, estaba Alejandro. Me había visto desde que entré, pero decidió dejarme reconocer el terreno a mi propio paso y por eso no me había llamado. Me senté, puse mi bolso en una de las sillas vacías y mi celular frente a mí por si entraba alguna llamada, aunque ciertamente no estaba esperando ninguna.

—¿Lo de siempre?— me preguntó.
—Sí.
—¡Joven! —dijo llamando al mesero. —Una copa de vino tinto para la señorita.
—Enseguida señor —respondió atento el muchacho.
—¿Y bien? —le dije con una sonrisa a medias— aquí me tienes.
—Bueno —comenzó a hablar sin dejar de esbozar nunca esa sonrisa cínica que lo caracteriza—, la verdad es que más que nada quería sacarte un rato de tu casa, me preocupa un poco que dividas tu vida entre tu trabajo cantando y tu computadora. Por si no te has dado cuenta, la ciudad está llena de opciones. Lo del amigo que te quiero presentar es cierto a medias, en realidad sí quiero que conozcas a Mauricio, pero no es seguro que venga, cuando le llamé estaba en medio de una cena de trabajo, pero te lo mencioné para darte un incentivo extra que te animara a venir.
—Alex —le respondí, armándome de paciencia y dando un pequeño sorbo al vino tinto que el mesero acababa de dejar frente a mí—, sabes mejor que nadie que no estoy buscando conocer hombres, yo creo –aunque te rías- que cuando el amor tenga que llegar… simplemente llegará. Además —repliqué— eso de que vivo entre mi trabajo y mi computadora es una mentira, sabes bien que hago un montón de cosas más.
—Me encanta que a pesar de todo lo que has visto y vivido sigas siendo tan ingenua. En fin, mejor para mi amigo haber estado ocupado, así le ahorramos un posible desaire. ¿Cómo ves al rebaño? —me dijo, refiriéndose a la gente que estaba en el bar— ¿cuál te gusta?

Ese era un juego que siempre jugábamos, observar a la gente, y después intercambiar teorías breves sobre sus profesiones o los lazos que los unían. Y Alejandro siempre me decía que –aprovechando la observación-, si encontraba a alguien que me gustara y quisiera conocer él lo traería a la mesa. Su idea me parecía descabellada y vergonzosa, así que nunca le permití que lo hiciera, siempre me limitaba a seguir un poco su juego y decirle si alguno era bien parecido, pero al salir del bar, me olvidaba por completo de las personas que allí había visto y a las cuáles había intentado adivinarles la vida. Mis pensamientos se vieron bruscamente interrumpidos cuando me topé con un par de ojos azul intenso que me miraban atentos desde una silla de la barra. Mi primera reacción fue desviar la vista, pero después volví a ponerla en el mismo lugar esperando que el dueño de esa mirada ya no me estuviera poniendo atención... me equivoqué. Ese hombre me seguía viendo como desafiándome a ver quién sostenía más tiempo la mirada, y como soy suficientemente orgullosa, acepté el reto. Pude ver que el color de sus ojos combinaba a la perfección con su tez blanca y con el cabello negro y corto, sin duda era guapo. Alejandro se dio cuenta y preguntó: ¿Ése?
—Me parece… interesante, pero ¡ni se te ocurra ir a buscarlo! —le dije, amenazadora, pero sin desviar la vista del extraño— sabes bien que más tardarías en pararte de la mesa que yo en salir corriendo de aquí.
De pronto, el hombre de la barra bajó la mirada, pensé que había ganado el reto pero me di cuenta de que la razón de su distracción fue que su teléfono celular estaba sonando. Abrió su teléfono y me pareció raro que se limitara a ver quién llamaba pero no contestara, y para mi sorpresa, cerró el teléfono, se levantó de la silla y con aplomo se dirigió hacia nosotros; mi amigo seguía a mi lado, por lo que no parecía responsable de la inesperada visita, así que supuse que vendría a preguntar por qué demonios lo miraba con tanta insistencia. Mientras lo veía venir me dieron ganas de desaparecerme... yo y mis jueguitos, pensé. El hombre se paró frente a la mesa, al tiempo que mi acompañante se paraba.
—Alejandro —dijo extendiéndole la mano, gesto que mi amigo correspondió y después convirtió en un abrazo de camaradas. Entonces entendí todo.
—Lo siento —dijo Alex al ver mi mirada asesina—, pero quería ahorrarle un momento embarazoso a dos de mis mejores amigos, sin embargo ahora que ambos se han dado el visto bueno, no me queda más que presentarlos: Valeria, Mauricio.

Me sentía entre enojada y avergonzada, no me gustaba que me tendieran trampas, y por otro lado ahora el amigo de mi amigo sabía que me parecía guapo e interesante, eso era lo que había querido decir la llamada no contestada que –por supuesto- le había hecho Alejandro, esa era la señal que habían acordado para que Mauricio se enterara si era buena idea o no acercarse. Pero, por otro lado, yo también sabía que le parecía atractiva, de otra manera él hubiera abandonado la barra del bar tan pronto como llegué –una señal más de esos dos-. Traté de tranquilizarme y pensé que, después de todo, no había por qué molestarse, todos éramos adultos, o al menos eso pretendíamos ser, y siempre es bueno ahorrarse el momento, en las presentaciones forzadas por amigos, de decirle a alguien que no se quiere salir con él. Aunque en este caso era distinto, Mauricio, a primera vista, me había parecido guapo e interesante, y cuando los escuché hablar descubrí que también era buen conversador y tenía un agradable sentido del humor. Abandoné mis cavilaciones ante la mirada apremiante de Alejandro y la expresión divertida de Mauricio y me uní a la plática. Cuando me di cuenta, habíamos dejado a Alejandro fuera de la conversación y él, considerando que era el momento adecuado, se despidió, pero no lo dejé irse sin antes murmurarle una discreta amenaza de que pagaría por lo que acababa de hacer.
La plática entre Mauricio y yo surgió con agradable fluidez, y nos sorprendió el rápido pasar del tiempo cuando el mesero vino a ofrecernos la última copa de la noche. Tenía que admitirlo, habíamos hecho click, definitivamente había empatía flotando en el ambiente. Rechazamos la amable oferta del mesero y le pedimos la cuenta, el joven sonriente nos dijo que "nuestro amigo" se había encargado del asunto, y nos invitó a que volviéramos pronto.
—Cuenta con ello —le dijo Mauricio a manera de predicción, mientras discretamente le entregaba un billete como propina. Nos despedimos en la puerta del bar y él me preguntó si me parecería bien que me llamara para reunirnos de nuevo. Asentí e intercambiamos números de celular.

Camino a casa mi imaginación volaba más alto que mis cabellos despeinados por el aire mientras manejaba mi descapotable. Me restringí al principio, no quería ilusionarme para después caer, pero había algo que me decía que este tal Mauricio podía llegar a ser especial, y mi naturaleza romántica y soñadora podía más que los esfuerzos de mi mente por mantener la cabeza fría. Siempre me pasaba lo mismo y ya no luchaba mucho contra esa tendencia, al final me contentaba pensando que era mejor arriesgarme y vivir algo a plenitud, a dejar pasar algo bueno pensando que las cosas podía salir mal –lo cual casi siempre ocurría-. De cualquier manera decidí tomármela con calma esta vez y no pensar en el asunto más de lo necesario… que el tiempo decidiera y me fuera mostrando el camino a seguir era lo mejor.
Llegando a casa lo primero que pensé fue revisar mi correo electrónico y las novedades en mi blog, pero ya era tarde y además yo seguía luchando para no reconocer que casi me había convertido en adicta a la Internet, así que hice un esfuerzo y me fui directo a la cama, intentando hacer caso omiso al leve mariposeo en el estómago que me causaba recordar la velada. Como pocas veces en mi terca existencia, tuve que reconocer que, esa noche, Alejandro había hecho lo correcto al poner en práctica su estrategia para presentarme a Mauricio. Me quedé pensando en eso mientras las dos copas de vino que había tomado esa noche terminaban de hacer efecto en mí, y caí en un sueño profundo y reparador.

24 de abril de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 4: DARÍO

Esa noche de lunes, Darío daba rienda suelta a sus instintos de escritor escupiendo una palabra tras otra directo a la pantalla de su computadora. Hacía tiempo que su vida ordenada y resuelta se había convertido en un lastre, las convenciones sociales lo habían ido arrastrando hacia una vida "perfecta". Perfectamente aburrida, pensó. Esa mañana había leído en el diario un artículo sobre el reciente auge de las bitácoras en la Internet, y le asombró sentir –mientras leía- una necesidad, casi una urgencia, de abrir una. Escribir era una de sus pasiones, pero después que dejó la universidad, rara vez se daba el tiempo para hacerlo. Por eso pensó que un blog podía ser justo lo que necesitaba, un espacio donde pudiera escribir sobre cualquier cosa y descubrir si la vocación de escritor que siempre creyó tener era cierta o si fue sólo la emoción de un universitario que, fascinado ante el panorama que se abría frente a él, quería plasmar todo en un hoja de papel.

Los años habían dejado su huella en él y su mente había sido entrenada para ajustarse a las convenciones sociales, por eso, una censura intermitente le hacía volver sobre algunas frases y borrarlas. Qué demonios –murmuró dando un sorbo al whisky que lo acompañaba- probablemente nadie visite este espacio, y si alguien lo hace, no será nadie que me conozca. Despidió al portero que decidía cuales palabras dejar pasar y cuales no, y escribió un texto lleno de nostalgia por los tiempos pasados y de añoranza por los sueños que no había podido convertir en realidad. Desnudó su alma en ese espacio con la tranquilidad de saber que el mundo virtual está lleno de lugares donde ocultarse, y de que cualquiera puede transitar por esa carretera, sin temor a ser reconocido y expuesto. A partir de ese momento, su blog se convertiría en su lugar favorito, y el tiempo que invertiría en él sería el más esperado del día. En ese espacio podría escribir de la manera que mejor le pareciera, ser el hombre que siempre había querido ser, olvidarse de los "qué dirán" y de los "tiene que ser así".

Releyó una vez su texto, le agregó un par de buenas frases, y seleccionó PUBLICAR. Sin saberlo, había comenzado a llevar una doble vida, esa que viven algunos de los que deciden hablar de sí mismos en la red, esa donde algún extraño puede llegar a conocerte mejor que la misma gente que vive contigo. Se fue a dormir albergando una inquietud constante, pero agradable, en algún lugar del estómago. De alguna manera se sentía como un niño al que acababan de hacerle un regalo que hacía mucho tiempo deseaba… y, de cierta manera, así había sido.

17 de abril de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 3: DOBLE VIDA

El cursor en la pantalla de mi laptop parpadeaba exigiéndome que comenzara a escribir, pero yo aún no estaba segura sobre qué tema quería hablar aquella noche. Había estado posteando regularmente en mi blog, pero había tratado de mantener mi identidad semi-oculta. A veces mis textos hablaban demasiado de mi interior, revelaban secretos, y pensaba que me haría demasiado vulnerable mostrar la cara. Había estado considerando la posibilidad de subir un video mío de alguna noche cantando en el bar, pero sabía que eso podía abrir puertas que había decidido mantener cerradas. Ni siquiera me había atrevido a poner una foto en mi perfil, era ilógico pensar en un video, pero la idea seguía llamando mi atención.

Escribir en el blog era como llevar una doble vida, a veces me parecía que mis amigos virtuales me conocían más que los reales, y no quería que eso cambiara; no quería que mostrarme afectara mi libertad para escribir ahí. ESCRIBIR NUEVA ENTRADA DE BLOG. ¿Qué podía pasar, por qué no dar la cara? ELEGIR ARCHIVO DE VIDEO DESDE SU PC. Busqué uno de los videos que guardaba en mi máquina, seguía sin estar segura de que fuera una buena idea. CARGAR VIDEO. Bueno, podía subirlo como borrador y más tarde decidir si quería publicarlo o no. ACCIÓN COMPLETADA. Las opciones de PUBLICAR y GUARDAR COMO BORRADOR, parecían querer salirse de la pantalla.

El timbre del teléfono me sobresaltó. Dejé a la indecisión en espera y contesté, era Alejandro.
¿Qué estás haciendo Valeria?
Lo mismo que todos los lunes en la noche –contesté- nada.
¿Nada? –dijo con su voz burlona-, de seguro has de estar metida en tus cosas esas de internet. Despabílate y nos vemos en media hora en Barney´s, te quiero presentar a alguien.
Y sin esperar respuesta, colgó.

Alejandro y sus cosas, siempre intentando arreglarme la vida. Por un momento estuve tentada a devolverle la llamada para mandarlo al demonio, pero al final le di la razón. ¿Qué ganaba quedándome encerrada en mi casa, sentada frente a la pantalla de mi computadora? Por cierto, mi blog seguía esperando una decisión. Un impulso repentino me hizo apretar el botón PUBLICAR. Recargué el explorador y en la página principal del blog vi el primer cuadro del video, congelado, listo para que cualquiera que pasara por ahí me viera y escuchara. Qué más da –me dije-, ya era hora. Apagué la máquina, tomé las llaves de mi carro y salí.

14 de abril de 2008

AMOR VIRTUAL. Capítulo 2: CRIATURAS NOCTURNAS


Jueves, diez de la noche, la hora en que algunos pecados salen de sus guaridas a buscar compañía.

Mi trabajo hacía que las noches del fin de semana fueran para mí más bien de diversión. Ser cantante en una banda de rock me obligaba a pasar las noches del jueves, viernes y sábado en un antro ubicado en el centro de la ciudad. El primer piso del lugar estaba poblado por amantes del buen rock, y el segundo por fantasmas, según decían quienes tenían mucho tiempo trabajando ahí. Alegaban que almas perdidas se paseaban por los rincones, y por eso los meseros dejaban a una moneda decidir a quién le tocaría atender ese piso cada noche. A los clientes tampoco les gustaba mucho pedir mesa arriba, y por eso casi siempre estaba solo; pero la verdad es que yo prefería subir al baño del segundo piso para no encontrarme con nadie, y nunca, en los tres años que rondé por ese lugar me topé con un ser sobrenatural, ni espectral, ni mucho menos de carne y hueso.

Revisé por segunda vez mi apariencia en el espejo de mi habitación y decidí que la combinación de ropa y accesorios que había elegido era perfecta: rockera light. No sé si ya existía esa descripción o yo la había inventado, pero la verdad es que me iba bien, supongo que porque me sentía cómoda con ella y eso siempre se refleja. Mi mejor amigo, Alejandro, me había dicho que esa combinación causaba en los hombres una reacción extraña: al parecer les atraía la agresividad rockera de mi apariencia, pero al mismo tiempo mi figura menuda y mi cara de "no mato una mosca" hacían nacer en ellos un deseo de protegerme. Esa dualidad hipnotizaba a algunos y los convertía en "devotos" como burlonamente los llamaba él: eran seres que cada noche se sentaban en alguna mesita escondida, y no se dedicaban a otra cosa que no fuera beber, verme en el escenario y preguntar a los meseros por mi vida. Supongo que yo alimentaba esa curiosidad porque en los descansos de la banda no entraba al bar, así que permanecía fuera del alcance de todos ellos.

Subí a mi convertible color rojo, regalo de un ex novio que tras un misterioso acto de desaparición me había hecho llegar una nota por correo ordinario: "lo siento mucho, por ahora no te puedo explicar por qué tengo que irme, conserva el auto como muestra de lo mucho que siempre voy a preocuparme por ti". El "por ahora" de su frase se había extendido por un año, pero ya que la extraña nota venía con el documento de propiedad endosado a mi nombre, decidí que sería poco cortés intentar devolverlo, además no tenía donde localizarlo. Así que decidí seguirlo utilizando y si el susodicho reaparecía alguna vez, se lo endosaría directo en la cara, no sin antes pedirle que se largara en su carro tan pronto y tan lejos como pudiera. Encendí el auto y bajé la capota, no había cenado, pero el ruido del motor al acelerar me contagiaba la energía necesaria. La fuerza del viento golpeándome la cara mientras atravesaba la ciudad y la música de Evanescence a todo volumen, eran mi manera de saber que la noche había comenzado, y como siempre, un mismo sentimiento me invadía: el temor de ser devorada por sus criaturas, divinas tentaciones que reptan en la oscuridad buscando morder a quien se deje. Aceleré a cien y la adrenalina diluyó el temor, ahora sí estaba lista para cualquier cosa.