Catatonia  

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Y si te vas... el silencio se apodera de todo y el tiempo se detiene.
Sin la caricia de tu voz, mi corazón baja la intensidad de sus latidos hasta detenerlos por completo.
Nada hay para respirar si tu aroma no me envuelve.
Cada músculo de mi cuerpo, queda detenido esperando un susurro de tus manos.
Y dentro de esta muerte aparente, son mis pensamientos quienes siguen despiertos y vuelan tras tu sombra suplicándote: ¡vuelve!, ¡vuelve!

Presentación  

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¡Gracias mil a quienes estuvieron conmigo durante la presentación de la "Antología de Escritores Seriales 0.1"! Fue una noche inolvidable y llena de satisfacciones. Más información sobre el libro siguiendo el link de KALA Editorial, en la columna de la derecha.

Mi primera publicación  

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No quise dejar de compartir con aquellos de ustedes que aún me visitan, la publicación de este nuevo libro, segundo proyecto de Kala Editorial. En él hay un relato mío, que es mi primer texto publicado en papel. Para quienes estén interesados, el libro está a la venta en la página web de Kala: http://www.kalaeditorial.com/ y muy pronto en librerías de Monterrey y el Distrito Federal, en México.

Y para aquellos que estén interesados en publicar sus escritos en Kala, no dejen de contactarlos, en la misma página pueden pedir información.
Saludos, ¡y un feliz 2009 para todos!

Rosas  

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Aspiro profundo varias veces conteniendo el aire en mis pulmones mientras cuento hasta tres, según mi mamá me ha aconsejado que haga. Escucho cada vez más fuerte la plática y las risas de la gente que espera en el auditorio a que la función inicie. Me asomo por un hueco que encuentro en el enorme telón rojo para comprobar mi teoría. Tengo razón, la sala está a reventar y la gente sigue llegando. Por el altavoz una voz masculina anuncia la tercera llamada y la gente comienza a ocupar sus lugares. Unos golpecitos en la espalda me sobresaltan e interrumpen mi observación: —Es hora— me recuerdan. No tengo opción, camino con pasitos lentos para reunirme, tras bambalinas, con las demás participantes. El concurso de declamación está por comenzar. Observo con atención la actuación de seis participantes. Llega mi turno, el maestro de ceremonias me presenta mientras camino al centro del escenario. El auditorio queda en silencio, todos me observan pero yo no me siento nerviosa en absoluto. Recito con claridad palabras de Amado Nervo que, a decir verdad, todavía no comprendo bien:

Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero
Para el amigo sincero, que me da su mano franca
Y para el cruel que me arranca, el corazón con que vivo
Cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca

Amado cultiva rosas y yo cosecho un público que se deshace en aplausos. Acepto el ruidoso homenaje con sencillez mientras la figura de un hombre avanza por el pasillo central. No logro distinguir su cara pero sí lo que trae entre las manos. El caballero misterioso se detiene ante mí y me entrega un enorme ramo de rosas. Mis mejillas se sonrojan con intensidad contrastando con el blanco de las flores. El hombre se acerca más para hacer una elegante caravana, y es entonces que veo que es papá y le devuelvo la cortesía con una sonrisa tímida. Salgo del escenario e impaciente espero que desfile el resto de las concursantes. El certamen termina y el maestro de ceremonias anuncia un pequeño receso mientras el jurado delibera. Los resultados están listos. La directora de la escuela sube al escenario con el sobre de resultados en la mano, y después de felicitar a todas las participantes procede a anunciar el quinto, cuarto y tercer lugar: no estoy entre ellos. Antes de continuar la premiación dice que la estudiante que mencionará a continuación, además de haber obtenido el segundo lugar, merece un reconocimiento especial por ser la concursante más pequeña de todas. Dice mi nombre y compara mis seis años de edad con los más de diez de las otras niñas. Los asistentes aplauden y, con su ovación, parecen regalarme un mejor lugar que el obtenido. Anuncian el primer lugar y la premiación termina. La gente vuelve a aplaudir, esta vez tengo que compartir sus aplausos con las otras concursantes. Volteo y en las orillas del escenario veo la sombra de papá. Camino hacia él dejando atrás los festejos de mis compañeras de concurso. Me paro frente a él, desde mi corta estatura parece un hombre gigante. Lo abrazo con fuerza. Sin soltar el ramo de rosas, lo tomo de la mano y nos vamos de ahí. Esa noche no fui la ganadora del concurso, pero estoy segura de que, para mi papá, no hubo otra niña que recitara poemas mejor que yo.

Inconsciencia  

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—Entonces —dije—, ¿no estás de acuerdo conmigo cuando digo que todos albergamos al mal dentro de nosotros? Te concedo que quizás no lo hacemos en la misma medida que un asesino serial, pero te aseguro que los humanos actuamos mal mucho más seguido de lo que los demás piensan y mucho más de lo que nosotros mismos estamos dispuestos a admitir.
—Oye mujer —replicó Marcela— en caso de que lo hayas olvidado, desde pequeños se nos va inculcando una gracia llamada conciencia, y gracias a ella es que podemos darnos cuenta si lo que estamos a punto de cometer es una maldad, y entonces detenernos a tiempo.
—La conciencia, Marcela, no tiene nada que ver en esto —le respondí. Uno puede darse cuenta de que está actuando mal, y sin embargo seguir haciéndolo. La verdad es que la conciencia sólo nos indica cuando estamos a punto de cruzar una frontera, pero no puede impedirnos que lo hagamos.

Mi amiga se quedó callada unos segundos intentando asimilar mis palabras, para después mirarme fijamente y con expresión grave.
— ¿Qué has hecho?— me interrogó.
— Ja, ja, ja, ja…— mi carcajada inundó el pequeño café provocando que los pocos presentes voltearan a vernos con curiosidad. — ¿Qué no he hecho?, diría yo.
Ella se revolvió inquieta en su sillón.
— Mira Marcela —le dije—, lo que yo me pregunto es qué hace que una persona sea considerada “buena” o “mala”. ¿Hay que estar cien por ciento de un lado o del otro? ¿O es como un juego de puntuación: te quedas del lado donde anotas más, aunque la diferencia la marque sólo un punto? ¿O se puede ser bueno y malo a ratos, y pasar la vida brincando de un extremo a otro? Y más aún, ¿de qué sirve la famosa “conciencia”, si como te dije antes, a veces es incapaz de generar algo más que un leve recordatorio de lo que no debemos hacer?
— No entiendo a qué vienen tus divagaciones, ¿acaso estás aplicando a ti misma estas teorías?
— Quizás —le contesté.
— Haces mal —me dijo— tú eres una chica buena: te ocupas de tu familia, has apoyado a tus amigos cuando lo han necesitado, llevas una vida sana… Por lo menos, en lo que a mí respecta, debo decirte que has sido una excelente amiga y que me has demostrado incontables veces tu apoyo incondicional y tu cariño; es por eso que a mis cuarenta y tantos, te considero una de mis mejores amigas.
— Eso —la interrumpí— es lo que tú percibes, así es como tú me consideras, pero ¿qué dirías si te contara, por ejemplo, que alguna vez me enredé con el mejor amigo de un hombre que me amaba, o que preferí gastar en mí el dinero que había reunido para pagar una deuda que tenía con mi padre, o que le mentí a mi hermana sobre algo que hice para evitar una discusión, o que alteré mi último reporte de gastos de viaje de la oficina para ocultar una cena a todo lujo? Dime… ¿qué dirías?
— Diría —me dijo sacudiendo lentamente la cabeza— que todo eso te lo has inventado, porque no es posible que alguien como tú, que es capaz de hacer cosas tan buenas como las que yo he visto, sea capaz también de cometer tanta estupidez y de lastimar a la gente que la quiere.
— Pero si lo fuera, ¿qué pesaría más? ¿Las anotaciones del lado bueno o las del lado malo?
— Pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos y opino que deberíamos dejar de filosofar. Ya vuelvo —me dijo, mientras se levantaba y se dirigía al tocador.

Me quedé pensando en nuestra conversación, quizás yo sea un caso único, o quizás la gente se pasea –como yo- de un lado al otro de los valores morales, ignorándolos de vez en cuando sin hacer, claro, alarde de ello. He de decir que la luz de alarma de los míos falla de manera regular, liberando la parte de mi personalidad que no tiene escrúpulos, permitiéndome así cometer cualquier tipo de locuras, mismas que –inexplicablemente- siempre han quedado ocultas a la vista de las demás personas. Y mi conciencia intenta aparentar que se alarma ante los actos cometidos, sólo para volverse después cómplice mudo de los mismos, sin exigir explicaciones ni cobrar multas que ayuden a acallarla.
Martha volvió del tocador cuando yo ya había pagado la cuenta.
— Me tengo que ir cariño —le dije.
— Ese brillo en tus ojos no miente, vas a encontrarte con un hombre, ¿cierto?
— Cierto —le respondí.
— Vaya, a ver si esta vez es algo serio y pronto te animas a contarme de quién se trata.
— Ya veremos, le respondí a mi amiga diez años mayor que yo, mientras le daba un beso en la mejilla y me dirigía a mi apartamento, donde ya me estaba esperando Javier, su hijo, quince años menor que yo.

CICATRICES  

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(Hoy publicaron otro relato mío como Escritora Serial de KALA Editorial. Les dejo el principio de la historia y los invito a que la sigan leyendo en la web. Besos a todos.)


Por tercer día consecutivo, me levanté de la cama sin haber podido dormir en toda la noche. Cada vez que había estado a punto de conciliar el sueño, me devolvían a la realidad las palabras escritas en su último e-mail. El amor de mi vida –de quien prefiero guardarme el nombre-, se había dado cuenta de que no me amaba tanto como decía. Mi carita de muñeca, como él la llamaba, le había aburrido, y al parecer no encontraba ya interesante compartir su tiempo conmigo. Le pareció fácil explicármelo en un frío correo electrónico.
Mi cuerpo aterido, no por el frío, sino por el dolor que emanaba de mis entrañas, apenas respondía a los impulsos de mi cerebro. Me habían quitado lo más preciado: el corazón y los sueños. Fue entonces que pensé en un remedio que seguramente me ayudaría a distraerme un poco... (continuar leyendo)

FELIZ  

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Me despierto y siento que la cabeza me pesa tanto que no podría levantarme de la cama. Es como si hubiera dormido dieciséis o más horas, todo está borroso, me siento mareada. Pero no puedo haber dormido tanto, nunca lo hago. Poco a poco, la neblina se disipa, y entonces... entiendo menos. ¿Qué está pasando? No estoy en mi habitación, esta cama tan pequeña no es la mía, ni tampoco acostumbro vestirme con ropa de este horrible color azul. ¡¿Qué está pasando?!

Como en un corto cinematográfico, veo decenas de imágenes sin orden ni secuencia, sin significado. Eso sí lo entiendo, es parte de mi vida... hay personas conocidas... eso otro no, ¿cuándo sucedió? ¿Fue todo un sueño? ¿En realidad sí dormí tantas horas? Confundida, y aún sin comprender, me observo con cuidado, y son las vendas en las muñecas las que me permiten recordar dónde estoy y por qué llegué hasta aquí. Seguramente las heridas son recientes porque, sobre el limpio color blanco, aparecen pequeñas manchas de sangre, mi sangre.

Una lágrima recorre mi mejilla y se seca sobre mi piel que arde por la fiebre. Yo no puedo haberme convertido en esta persona, yo no era así, nunca lo consideré. Intentar suicidarse es de cobardes, yo nunca lo he sido... o nunca lo fui. Recuerdo una infinita tristeza invadiéndome después que él me dejara tras una terrible discusión. Después la soledad, días de encierro en mi casa, ningún motivo para seguir, mi teléfono sonando sin parar, los golpes en la puerta, los vecinos intentando romper los candados, la sirena de la ambulancia, el diagnóstico de los doctores: episodio agudo de depresión dentro de un cuadro de trastorno bipolar. Esto tiene que ser una pesadilla, o seguramente estoy imaginando algo para escribir. Entonces ¿por qué no logro despertar?

No puedo evitarlo, pierdo el control, ¡tiene que haber alguna forma de salir! ¡Él tendría que venir por mí! La vida nada significa sin su presencia y esto que ha sucedido debería ser suficiente para que él volviera y le diera de nuevo sentido a todo. Golpeo desesperadamente la puerta, me aviento contra ella, alguien tiene que escucharme. Grito, pero nadie responde y termino sin fuerzas, sollozando en una esquina del pequeño cuarto acolchonado. Entonces entra él. ¿Eres tú? No logro ver con claridad, las lágrimas nublan mi visión. –responde- soy yo. Creo que me mira con ternura, me levanta con cuidado y me devuelve a la cama. Yo me dejo llevar mientras sonrío, él regresó. Me toma de la mano suavemente y, de algún lugar oculto en su bata de enfermero saca una jeringa. Apenas siento el pinchazo, el líquido entra en mi cuerpo y recorre mis venas regalándome una sensación inmediata de alivio, el corazón comienza a dejar de doler. Ahora entiendo por qué pude dormir tantas horas. El sueño comienza a apoderarse de mí, empiezo a soñar contigo, y vuelvo a ser feliz.

INFIEL  

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Anoche te fui infiel. Cubrí con el abrigo de pecadora mi cuerpo desnudo, y salí a buscar el instrumento que me daría la fuerza para desatarme de ti. No te importo, creo que nunca te he importado, de mí deseas sólo mi cuerpo. Pero me prometí que hasta el último momento me aferraría a la esperanza de que eso cambiara; siempre quise encontrar la manera de dejar mi huella en tu vida, pero ha sido inútil. Ayer entendí que el último momento había llegado, y entonces, lo decidí.

No tuve problemas para encontrarlo, soy bella. Él también. Así lo elegí, joven y hermoso como un dios griego. Dos copas de vino, rojo como la sangre cuando se seca, marcaron el inicio de mi venganza. La cama del lujoso hotel fue el altar para el sacrificio; mi cuerpo, la ofrenda; mi motivación, ensuciarme de lujuria para, así, no tener el valor de volverte a ver a la cara. No hay otra manera para mí de alejarme de tu vida, yo sí te amo.

Lo disfruté. Con el placer desmedido que puede provocar el saber que se está actuando mal. Con el anhelo desesperado de haber encontrado ¡por fin!, una puerta para salir de este frustrante encierro. Mi cuerpo quedó cubierto de caricias ajenas que, en ningún momento, lograron traspasar las fronteras de mi alma. Mi boca pronunció un nombre prohibido, mientras mi mente sólo podía pensar en el tuyo.

Nuestro deleite llegó a su máxima expresión y después, incontenible como una avalancha, la realidad me golpeó. Fingí una sonrisa, un par de palabras amables. Su boca hermosa preguntó si nos volveríamos a ver. -Sabrás de mí– le respondí. Y no mentía. Nos despedimos. Ahí va un Adonis –pensé-, llevando consigo, ignorante, el secreto de mi vergüenza. Me refugio entonces bajo el chorro de agua de la regadera pensando estúpidamente que, junto con el agua enjabonada, se irán también los reclamos de mi conciencia. Pero aunque paso el jabón por mi cuerpo, con tanta fuerza que mi piel se ha enrojecido, las marcas de mi infidelidad sólo parecen notarse más. Entonces lo entiendo todo, sé lo que debo hacer, mi venganza será perfecta.

¿Dónde está mi bolso? Ahí, junto a la botella medio vacía que contiene el vino. En un lugar oculto, cuidadosamente envuelto, está el afilado bisturí que extraje de tu maletín de cirujano. Lo cargué conmigo por si, en la búsqueda del amante perfecto, necesitaba defenderme de alguien. No fue así, de quien tendría que haberme defendido era de mí misma. Me recuesto en el altar. Mi cuerpo blanco tumbado sobre las sábanas, se convierte de nuevo en ofrenda. El corazón palpita tan fuerte que parece que se quiere salir del pecho, ese corazón que tantas penas me ha causado y que pronto dejará de latir. Quiero verlo, decirle de frente cuan desgraciada me ha hecho. Logro, con el bisturí trazar una perfecta línea recta, pero parece que no sucede nada. De pronto, un hilo de sangre, después, un torrente incontrolable.

Sonrío, la escena es perfecta. La evidencia de mi pecado salta a la vista. La vida que se extingue en nombre de un amor no correspondido, es justo lo que necesitaba para dejar mi huella en tu vida. Tengo tanto sueño que quiero cerrar los ojos, pero el río rojo que sale de mi pecho me hipnotiza. Lo último que veo es un charco del color del vino que tomé antes, es mi sangre que se va secando. Pronuncio tu nombre, y ya no hay nada, sólo silencio y oscuridad.

SIN CUENTA REGRESIVA  

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Cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Feliz año nuevo!

De ese grito al unísono siguen los abrazos, los buenos deseos a los familiares y amigos, el brindis, las uvas. Y después, en silencio y en modo automático, ponemos el cronómetro de nuestra vida en ceros, y nos hacemos la ilusión de que los errores cometidos durante el año viejo se irán junto con él, y que sólo las buenas cosas permanecerán.

Creo que yo comencé con ese juego de estrenar un "libro en blanco" cada primero de enero, cuando tenía diez años. Eso me da por resultado: veinticinco años procesados como eventos independientes, y no como una línea de vida que continúa y se enriquece con las experiencias vividas y aprende de los errores cometidos.

Claro que, a final de cuentas, todo eso pesa y sigue presente, no es como si cada 31 de diciembre hubiera sufrido de amnesia selectiva. Pero recordando un poco el pasado, me he dado cuenta de que cada fin de año ha sido como una carrera cuesta arriba, terminada con éxito gracias a la promesa de obtener en la meta un nuevo cuaderno dónde escribir, rayar, dibujar -e incluso- romper hojas.

Y veinticinco veces mi error ha sido el mismo: llenar la página uno con una lista enorme de propósitos por cumplir… demasiada presión. Por eso este año mis propósitos son pocos, y por eso el primero de enero lo entendí como un día 366 y no como un nuevo comienzo. No quiero empezar de nuevo. Soy quien soy gracias a todo lo vivido, y no me arrepiento de nada.

El año pasado muchas cosas revolvieron mi vida, fue como ser arrastrada por un huracán y salir bien parada. Este año quiero seguir siendo la misma, no quiero modificar mi vida y tampoco quiero soltarme de su mano. Creo que todo se debe a que ahora sé bien a dónde pertenezco. Así que me alegra comenzar un nuevo año, pero no como un principio sino como una continuación.

El reloj sigue marcando los segundos: tres, dos, uno… Los juegos pirotécnicos estallan por todas partes y comienzan los festejos. Yo sólo sonrío, me acomodo entre sus brazos y digo para mí: feliz año viejo, feliz vida.

P.D.  

Posted by Claudia


Como bien dice el dicho: "el que mucho se despide, pocas ganas tiene de irse".

La verdad es que estuve reflexionando y me di cuenta de que la explicación que di en mi anterior post no está completa. Además de los planes por cumplir, la falta de tiempo y mi indecisión acerca de qué es lo que quiero escribir, existe algo más.


Me refiero a un final feliz para una historia de amor que comenzó precisamente aquí, en el blog. Por mucho tiempo esperé encontrar a alguien maravilloso y cuando comenzaba a perder las esperanzas: sucedió. Así que, en parte, Cupido es culpable de mi ausencia.


Ahora sí: misión cumplida, he dicho toda la verdad. No me despido, porque nos seguimos leyendo.


¡Hasta pronto!